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miércoles, 15 de junio de 2011

Aquella calle de piedra...

Para mis abuelos De Jesús...

Guarenas es una de las tantas ciudades dormitorios que rodean el Distrito Federal de Venezuela. Ubicada en el Estado Miranda y capital del Municipio Plaza, se caracteriza por el bullicio, buhoneros, industrias, portugueses, iglesias, barrios y por la constante construcción de nuevas zonas resi
denciales.

Este poblado fue fundado el 14 de febrero de 1691 bajo el nombre oficial de “Nuestra Señora de Copacabana de los Guarenas”, luego de intensos esfuerzo para dominar a la población indígena “Huerena”. Se realizó entonces una especie de rito donde el Juez Poblador Pedro Gutiérrez De Lugo, enterró en el suelo, donde estaría la plaza del pueblo, una madera preguntando tres veces si alguien se oponía a la fundación de la ciudad. Luego con la espada dio tres golpes sobre el tronco en señal de posesión de la tierra.

Así comienza una larga historia de más de tres siglos, donde los cambios no se han hecho esperar. Una de las zonas más representativas de esta ciudad es el casco central de Guarenas, representado por la calle comercio, calle Páez, calle 19 de abril y calle Ayacucho. Una de las que más llama la atención es la famosa “Calle de piedra”.
Para todos los verdaderos guareneros ya es común pasar lentamente frente a la Iglesia la Candelaria, ya que el particular asfaltado que la rodea no permite mayores velocidades. Pero ¿Por qué utilizar piedra? ¿Cuánto tiempo lleva allí? Es increíble pensar que en algún momento fue una vía pública normal.

Durante el gobierno de Luis Herrera Campins, entre 1979 y 1984, fue cuando surgió la singular idea de cambiar los cimientos del sector la Candelaria de Guarenas. Después algunas semanas con rumores, aparecieron varios Jeeps que trancaron la entrada y salida de la calle, para colocar las pequeñas rocas redondas y grises, obstaculizando así el paso vehicular por la zona por varios meses, casi un año.

¿La razón? Se construía un Boulevard privado gracias a la Iglesia de Nuestra Señora de La Candelaria. Este templo fue proclamado en 1960 Monumento Histórico Nacional, publicado en Gaceta Oficial Nº 26320 del 02108J1960, por ser una construcción perteneciente a la época republicana. Por lo tanto era un lugar para pasear tranquilamente, hablar, divertirse y deleitarse con el paisaje. Algo que no se podía hacer con el tránsito vehicular. Para evitar el ingreso de los carros se colocaron dos pilares de asfalto a cada extremo de la calle, unidos por una cadena. También se planteó la creación de dos arcos que al limitar la
altura de entrada al boulevard, permitiría sólo el paso peatonal.

Incluso, para embellecer aún más el lugar, se prohibió la construcción de nuevas viviendas o aumentar el número de pisos de las mismas. Además salió una resolución para pintar todas las casas y negocios del mismo color. Algo que lamentablemente nunca se cumplió pero se está pensando retomar en la actualidad.

Aunque el nacimiento de esta calle de piedra tiene un poco más de 30 años, la Iglesia que la convirtió en Boulevard se remonta hasta finales del siglo XIX. El registro más antiguo que se tiene de ella fue del 7 de noviembre de 1877, cuando el Arzobispo Dr. José Antonio de Ponte y Santimena, vio la Iglesia en construcción con motivo de la visita Pastoral a la Parroquia Nuestra Señora de Copacabana. Una década más tarde, el 11 de septiembre de 1887, se había terminado de construir el templo de Nuestra Señora de la Candelaria.

La riqueza de esta Iglesia no proviene sólo de su antigüedad, sino de los tesoros que esconde en su interior. Según reseña histórica el retablo del templo estilo Churrigueresco (barroco en Venezuela), proviene del Convento de San Jacinto que fue demolido el 21 de febrero de 1837 por disposición del Congreso Nacional. Retablo tan impactant
e que aparece en los libros de arte escolares
y el escritor Pablo García en su libro Crónicas de Pulpería, lo describe de la siguiente manera:
“Por sus contornos, sus adornos y su brillo, ese altar parece haber sido repujado en oro macizo por un diestro orfebre. Y esa es precisamente la impresión que reciben las personas que lo observan desde cierta distancia. Pero no se trata de nada eso. Está fabricado en madera fina tallada magistralmente, cubierta con una sustancia resistente de color dorado. Es un digno altar para la excelsa Virgen de la Candelaria.”

Además posee tres campanas del siglo XVIII junto con diversas imágenes de Santos, algunos propios y otros pertenecientes a la Catedral de Nuestra Señora de Copacabana, pueblo arriba.

El terremoto de 1967 afectó gravemente a la ciudad capitalina, pero Guarenas no fue la excepción y mucho menos el Monumento Histórico Nacional. La Iglesia sufrió daños considerables, grandes grietas ponían
en peligro la estructura. Pero como no hay mal que por bien no venga, la gobernación del Municipio Plaza junto con el Padre, plantearon ampliarla, derrumbar una casa aledaña y tomar parte de la calle para convertirla en una Catedral de grandes proporciones como la de Copacabana.

Durante casi quince años nadie se preocupó realmente por arreglar el Templo, hasta que un personaje famoso de Guarenas, Benito Canónico, comenzó a recaudar dinero de los vecinos y poco a poco fue trabajando para reconstruir la Candelaria. Muchos dudaron de las intenciones buenas del ciudadano, por lo cual el Padre fue hasta la gobernación para prohibirle que siguiera con sus esfuerzos.

Fue entonces cuando Luis Herrera Campins se interesó en este Monumento Histórico, así creó la calle de piedras, restauró la Iglesia y cercaron la plaza con las paredes de roca. Todo esto realizado por los Lisboetas, emigrantes portugueses que tomaron esta ciud
ad ajena como propia. Así un domingo la ciudad se vistió de fiesta para la inauguración del nuevo Boulevard, que contó con la presencia del Presidente de la República. Nuevamente las campanas sonaron todos los sábados a las cinco de la tarde para llamar a misa a los guareneros.

Pero en esta conocida calle también resalta la historia de sus negocios. Un ejemplo de ello es el Bar la Candelaria. No es de gratis la fama que tiene está esquina, donde desde hace más de 70 años se venden guarapazos, aguardiente, ron, anís y cerveza. Las tertulias duraban hasta altas horas de la noche y a pesar de tanto tiempo su fama se mantiene intacta. Se considera como uno de los negocios de mayor antigüedad de Guarenas. En principio fue manejado por el popular “Chua”, Jesús Espinoza, pero en 1960 pasó a manos del madeirense Manuel De Jesús y actualmente lo trabaja su hijo José de Jesús.

Esta botiquería ha crecido con el tiempo, aumentando el número de sillas, mesas, e incluso máquinas de juego. Pero hay algo que el mismo señor Manuel explica c
omo constante “Los malandros siempre han existido”. En aquella década de los sesenta se consideraba Guarenas como una zona relativamente tranquila, pero eso no fue lo que ocurrió un domingo en la noche.

Luego de jugar fútbol en cuadras aledañas, el bar se llenaba de aquellos hombres sedientos, pero ya hacia las diez de la noche quedaba totalmente vacío. Algo le hizo pensar al dueño que era mejor cerrar antes de que lo pudieran robar, por lo cual bajó la Santamaría, cenó, fue al baño y cuando iba subiendo con el dinero del día a su casa, que quedaba en el piso superior del bar, un hombre lo ha tomado a través de la ventana por el cuello, amenazándolo con un
cuchillo. De la adrenalina Manuel le toma la mano y deja el arma blanca tirada en el piso, por lo cual el ladrón escapa lo antes posible.

¿Caso conocido? ¿Sigue ocurriendo sucesos como estos cincuenta años después? La respuesta es realmente triste. Y todavía hay más coincidencias con la actualidad, pues el dueño del Bar la Candelaria decidió no declarar en contra de su atacante (a pesar de verle claramente la cara) para evitar represalias contra él o su familia.

Como hemos visto la ciudad, especialmente en
Venezuela, está en constante movimiento. En sólo una década podemos no reconocer aquella esquina donde vivimos toda nuestra infancia. Pero algo que no ha cambiado a pesar de los años, es la esencia misma del venezolano. Ese sentimiento popular de fiesta, de compinches, bebida, deportes, negocios, familia, vida fácil, sigue presente más que nunca en las calles de Guarenas. Pero es necesario de vez en cuando mirar más detalladamente nuestro alrededor y así acercarnos a esa historia que esconde la ciudad.

Aunque actualmente muy poco se conoce sobre la existencia del Boulevard la Candelaria, sí podemos apreciar la plaza e Iglesia en óptimas condiciones, gracias a que hace menos de un año le hicieron una nueva restauración. Muchas personas van diariamente al lugar, se sientan alrededor de la fuente (que funciona sólo en las noches y está adornada con luces del tricolor nacional) o a la sombra del antiguo árbol de olivos. Todavía podemos sentirnos identificados con aquella descripción que hizo Pablo Emilio García Alvares en su Cálida Estancia:

“Vecindarios de historias, glorias y tragedias,
De sudores, esfuerzos, luchas y agonías;
Jamás ha perdido las indelebles huellas,
Marcada por la gente que bregaba y quería…
Iglesia de pueblo sencillo, más de brillo y destello,
Que quiso ofrendar a su diosa un monumento,
Entre las calles Ayacucho, Urdaneta y Bello,
Lugares de quehaceres, alegrías, azares y tormentos…
La plácida placita, de bancos curvos de cemento,
Bajo la sombría manta de sus frondosos olivos,
Buenos son parar recobrar el perdido aliento
Y dejar escapar dolores y amargura al olvido.”

Personalmente le agregaría un párrafo adicional:

“He aquí una ciudad llena de grandes recuerdos,
Aunque algunos parecen haber caído en el olvido.
Es necesario seguir luchando para mantener vivo,
Esas proezas de hombres que ha borrado el tiempo”

martes, 17 de mayo de 2011

Escudriñando en la memoria: Carnavales de Sabana Grande

Al pensar sobre un área cultural urbana de nuestra capital venezolana, mi pensamiento va directamente hacia esas calles tan singulares que tantas veces recorrí de niña, donde he comprado sin parar de adolescente y en la actualidad vuelvo para apreciar cómo han recuperado un lugar emblemático de la ciudad: Sabana Grande.

De pequeña era toda una aventura subir a Caracas, pasear por los centros comerciales, ver obras de teatro de Disney, asistir a exposiciones del espacio en el Museo de los Niños o de dinosaurios en el Museo de Ciencias. Siempre había algo único y novedoso que me impulsaba a salir de mi pueblo Guatire y adentrarme en lo ajetreado de la Mariana Santiago de León de Caracas.Pero sin lugar a dudas el premio número uno se lo llevaban los Carnavales de Sabana Grande. Niño de la zona metropolitana que no paseó alguna vez por ese boulevard perdió una parte importante de su infancia. Aunque no puede ser comparado con el desfile de Río de Janeiro obviamente, es una manera distinta y única de pasar esa época del año.

Se trata de una tradición que comenzó por los años cuarenta cuando se comenzaron a exhibir a jinetes disfrazados a caballo que recorrían el boulevard, esto se realizaba gracias a que cerca de la zona quedaba la Vaquera de los Hernández.

A partir de ese momento la tradición fue en aumento, tanto así que en el gobierno de Raúl Leoni, se podía observar al Presidente transitar las calles de Sabana Grande en el trencito de Parque del Este repartiendo caramelos a los niños ¿Increíble no?

En los años noventa cuando fue mi turno de recorrer este boulevard, no veíamos presidentes repartiendo caramelos ni tampoco caballos, pero podía observar zanqueros en las esquinas que captaban mi atención por la agilidad de aquellos hombres gigantes, además estatuas vivientes totalmente vestidas de blanco al sol insaciable de la capital esperaban por una colaboración (que siempre lograba quitarle a mi madre) para que despertaran de aquel letargo interminable.


Recuerdo claramente un paseo sin ninguna economía informal y mucho menos con aquel olor tan desagradable que hace unos pocos años atrás nos topábamos en cada esquina. Caminaba libremente con mi disfraz todo negro de morticia (sin comentarios al respecto) que no ayudaba en lo absoluto a sofocar el calor caraqueño.

Primero comenzabas tirándoles puñados de trozitos de papel a tus padres, al principio se reían, pero cuando el cabello lo tenían impregnado de colores la diversión para ellos acababa. Continuabas luego lanzándolo simplemente a la calle y algunas veces a algún niño desprevenido con el que te toparas en el camino. La parte negativa era cuando alguien más quería aprovecharse de ti y terminabas tragando y aspirando papelillos. Te ahogabas con la sensación incómoda de tener circulitos de papel pegadas en tu tráquea.

Luego que la fiebre te pasaba un rato, el cansancio empezaba a venir a ti. De niño el boulevard te aparece interminable, más cuando tu mamá te decía "Tenemos que llegar al Reloj Gigante". En este caso no era el Big Ben, sino la Torre la Previsora. Cuanto anhelaba ver aquel edificio que significaría el fin de la travesía. Pero lamentablemente también representaba que faltaba el recorrido de vuelta.

Recuerdo que lo más divertido era poder apreciar el ingenio de los demás disfraces. Los venezolanos siempre han resaltado por su creatividad. Podíamos ver Power Rangers (de los más variados colores), las típicas muñecas de trapo con sus clinejas cayendo a los lados, los payasos multicolores, el Zorro, Picapiedras, todas las princesas de Disney, bailarinas árabes, piratas, indios (algo que no he visto mucho en la actualidad) e incluso algunos disfrazado de negros.
çPero ya en el momento de mi adolescencia no recuerdo haber asistido más a esa tradición carnavalesca ¿Por qué? A mi parecer la respuesta la tenemos en la economía informal o buhonería.


Como todo en Venezuela un día despertamos invadidos el cambio, por buhoneros. Las transiciones no se hacen paulatinamente sino de manera precipitada. Y obviamente en pocos meses nos acostumbramos a la pérdida de un ícono de la ciudad. Las tiendas que tenían toda la vida en aquellas calles, pasaron a segundo plano opacadas por la venta de ropa, bisutería, ropa interior, Cd quemados, DVD piratas, cotufas, helados y cualquier cosa que estuviera de moda para la época.

Incluso las fuentes de soda tan representativas del lugar las fuimos olvidando. El boulevard mostraba su peor cara con las calles repleta de basura, borrachos e indigentes acostados en cada esquina, el olor en zonas particulares era insoportable y simplemente no se podía caminar con la misma tranquilidad, bienestar y seguridad de antes.

Pero nos acostumbramos. Sabana Grande pasó a ser sinónimo de mercado popular, de lo barato, del rostro que día a día se apoderaba de mayores espacios públicos. La economía informal inundaba las estaciones del metro, las calles del cementerio, alrededores de los mercados públicos, las plazas, cualquier lugar alejado de las autoridades y por donde transitara mucha gente era el sitio perfecto para ellos.

Me acostumbré a ir con mi mamá a comprarme zapatos nuevos, el estreno navideño, a recorrer cada puesto para conseguir el mejor precio. El problema de la memoria criolla me afectó a mí también, se me olvidó lo que algún día había sido Sabana Grande.

Para sorpresa de muchos el gobierno decide luego de muchos años comenzar a recuperar espacios culturales importantes de la ciudad. Entre ellos el querido Boulevard.

No fue una tarea fácil, pues los buhoneros pasan la vida peleando por la injusticia social que ellos viven: "¿No tenemos trabajo y además nos quitan el único sustento de nuestra familia?" Pero luego de diversas negociaciones pudieron darle un lugar adecuado para ellos. Un terreno en una esquina casi llegando a Chacaíto. Un área perfecta para ellos y en mejores condiciones en la calle. Todos salimos ganando ¿O no?

Lamentablemente el daño ya estaba hecho, el venezolano había borrado de su memoria lo que alguna vez fueron los carnavales de Sabana Grande. Los tiempos habían cambiado, no se podía pasear con la tranquilidad de antes.

Se siguen haciendo esfuerzos por recuperar la zona. Nos reencontramos con las caras de esos negocios olvidados. Nuevas franquicias han revitalizado el lugar, como la tienda de ropa Pima Cotton o de zapatos Seven. Incluso aquellos centros comerciales como City Market han recobrado vida de nuevo.

En el 2007 se hizo una intensa campaña publicitaria del área por el Carnaval. La alcaldía promovió actividades recreativas como pinta caritas, mimos o zanqueros, llenando la calle de color nuevamente. Pero en el año 2008 los esfuerzos se apagaron de nuevo y caímos en la indiferencia.

Los dueños de las tiendas se quejaban que el desinterés de la gobernación por esta área de la ciudad hacía que sus ventas bajaran incluso un 30% comparándolo con 2007. El año pasado 2010 nuevamente el carnaval cobró vida y fue todo un éxito ¿Qué ocurrirá este año?

El secreto para no perder aquellas cosas importantes que nos identifican como ciudad, como urbano, es la constancia. Es cierto que ya mis hijos no vivirán la misma experiencia que en los años noventa, no verán caballos en una comparsa y mucho menos recibirán caramelos de las manos del Presidente de la República. Pero sí podemos seguir construyendo tradición, adaptar esas costumbres que desde los cuarenta nos acompañan a la modernidad, ver las calles inundadas de color, de disfraces, de risas. Es algo que todo niño tiene que experimentar una vez en su infancia.

lunes, 1 de noviembre de 2010

¡Ser guatireño no es nada fácil!

Finalmente había llegado ese día que tanto María había anhelado ¿O temido? Su primer día de universidad. La perspectiva de nuevos amigos, nuevos retos, nuevos tropiezos, no la asustaba. Pero era tal la fama de las colas para subir a Caracas que los nervios la dominaban.

Toda su vida había habitado en una zona montañosa de la ciudad dormitorio Guatire. Un lugar apartado del bullicio y las colas, aunque no de la inseguridad que es constate en Venezuela. Le gustaba imaginarse a su urbanización guatireña como una especie de “refugio”, donde protegida por el dominante sistema montañoso del Ávila y rodeada por el río, la tranquilidad se percibía en el aire.

Estudió preescolar, primaria y bachillerato en la misma escuela. Esa que siempre queda a una cuadra de su casa. Muchas veces medía el tiempo que tardaba en llegar a clase y su mayor record fue de dos minutos y medio. Pensar que en los próximos cinco años estudiaría en una Universidad a 30Km de distancia, no era algo fácil.

Todo el mundo la bombardeaba de consejos un poco exagerados: “Guardas el BlackBerry, los motorizados te lo arrancan de la mano”, “Sales a las 4:30 de la mañana, sino mejor ni subas”, “Lleva en la cartera de todo, nunca sabes cuánto tiempo puedes estar en cola”. “Pero ¿No voy simplemente a la Universidad?” Preguntaba asustada.

Esa mañana, bueno madrugada, abrió los ojos a las 4:40am. Tenía veinte minutos para arreglarse y subir en el carro con su papá. Realmente no entendía porque había que salir tan temprano. Tenía clases a las 7:30 ¿Acaso vamos a tardar casi tres horas subiendo a Caracas? Generalmente gastaba 40 min a lo mucho.

En su cartera gigante llevaba el cuaderno, cartuchera, maquillaje, pote de agua, el bolsito con pastillas y toallas sanitarias, galletas, almuerzo, libro para la cola, ipod para la cola, incluso el BlackBerry (si lo sacaba a escondidas) podía servir de distracción para la cola. Al revisar todo su inventario entendía porque pesaba tanto el bolso rosado.

Al salir de la casa a las 5am todavía no entendía que hacía madrugando en la calle. El sueño la embriagaba y el ver las estrellas brillar en contraste con el cielo negro junto a la tranquilidad de todas esas personas que podían dormir mínimo una hora más, no le daba ánimos. Pero bueno, así comienza la vida de “grandes”.

Al pasar por la calle principal de la urbanización comenzó a ver uno que otro carro, como máximo una decena. Al menos no era la única que realizaba este tipo de “sacrificio”. En la parada había al menos 30 personas esperando la camionetica, que no daba señales de aparecer. Pero algo extraño había en aquellos ciudadanos, incluso su papá y ella misma estaban como en automático. Una especie de zombis, despiertos pero no conscientes realmente de lo que estamos haciendo. El sueño nos no deja pensar con claridad.

En la avenida intercomunal Guarenas Guatire comienza el asombro ¿Tantos carros suben a Caracas? Pero nada de lo que le habían dicho podría haberla preparado para lo que vería en la pista norte. Luego de la curva cercana al puestico donde en el día venden aceite de motor, apareció el gran río rojo.

Nunca se hubiera imaginado un espectáculo como ese a tan tempranas horas de la mañana. Las luces traseras de los autos se compactaban unos con otros, brindando la imagen de un gran torrente escarlata que viajaba por un cauce de asfalto. Realmente ¿De dónde salen tantos carros?

Pudo apreciar mejor la complejidad de este fenómeno, ya que al pasar frente a la Villa del Cine su padre tuvo que reducir la velocidad a 50Km/h. Una procesión que parecía interminable, donde carros, autobuses e incluso camiones de carga pesada (¿No deberían tener un horario restringido?) formaban parte de ella.

“Ahora sí comienza lo bueno” le dice su papá casi entrando a la Gran Mariscal de Ayacucho. Esta es una zona temida, donde de tres canales legales (o cuatro si contamos el famoso hombrillo) pasamos a tener siete. Aunque suene increíble, siete canales de tráfico. María sorprendida observa como todos los carros están a punto de chocar con el otro. Sin ceder el paso, sin mantener un espacio con el vehículo del frente, todo es una constante pelea por llegar primero ¿Acaso hay un premio al final de la autopista?

Superando la primera PDV el embudo se acaba y permite aumentar la velocidad. Pero la voz de una locutora llamada Carla Lopez en su programa Bien Tempranito le quita las esperanzas que había recuperado. “Nuestro amigo Raga nos informa que la cola vuelve a formarse llegando a Mampote, entre 5 y 10Kkm/h. Recuerden que pueden comunicarse con nosotros al 3621059, 04142251059 o a la mensajería de texto 10599.” Y pensar que esa voz la acompañaría prácticamente todas las madrugadas de su carrera universitaria.

Dicho y hecho al pasar frente al estadio de béisbol de Mampote estábamos prácticamente estacionados. María comienza a observar a los demás conductores. Al lado iba la típica joven haciendo malabares para manejar, colocarse la base, el polvo contacto, el rubor y al rímel. Todo con una mano en el volante. A pocos carros de distancia el chofer de una Encava desayunaba un arepa rellena de carne mechada. No se imaginaba como quedaría luego el asiento. Pero el premio se lo llevó su padre, que al aburrirse de la cola sacó su libro de José Saramago y comenzó una lectura profunda mientras predecía cuándo había que acelerar el carro.

Si alguien no entendía la razón de tantos choques he aquí una solución viable al respecto. El tráfico lento continuaba hasta la segunda PDV, gracias al Canal de Contraflujo que abrió el Gobierno de Miranda hace casi un año. En el mismo sólo pueden circular transportes colectivos, pero lo bueno es que ahí en adelante la cola disminuye notablemente.

En todo el camino María se sorprende por la cantidad de Come Hombrillo (o Cocosecos como le corrige su papá). “Esa es la razón de la cola ¡Son ellos los que realizan el embudo! Si manejaran por los tres canales normales podría levantarme a las 6am”. Le comenta a su padre indignada. Pero él sólo realiza un gesto de afirmación, porque ya perdió la fe en que algún día se respeten las leyes de tránsito en su país.

Ya al llegar al túnel el sol ya ha mostrado su cara entre las montañas. La cola se ha dejado atrás y parece un paraíso la vía desde el distribuidor metropolitano hasta Boleita. A las 6:10 de la mañana entra a la universidad. Apenas está llegando el personal obrero a las instalaciones. Se sienta en una mesa para esperar que pase el tiempo mientras piensa en su aventura de subir a la ciudad capitalina.

El primer día es sorprendente, excitante e incluso divertido. Pero lo que no sabe es que el mínimo accidentado anexa 30 min más de cola. Un choque múltiple hace que llegues a las 9 de la mañana a tu destino. Las protestas cierran la autopista y ya no puedes devolverte a tu casa porque te quedas trancado en el tráfico. Todo esto ocurre cuando no se han hecho modificaciones a una autopista creada en 1976 para 60.000 carros. Treinta y cuatro años después, más de 300.000 vehículos se enfrentan día a día con las consecuencias.

Es que definitivamente ¡Ser guatireño no es nada fácil!